
Por Calvin Brown, BVS Unidad 335
Dedicar una cantidad significativa de tiempo al servicio tiene una cualidad maravillosamente sísmica, que realmente trastoca y transforma todo nuestro ser y lo que podríamos considerar verdad. Esta sensación confusa y emocionante me era ajena, aun considerándome una persona bastante caritativa, y solo surgió después de un tiempo en mi puesto de BVS en la Comunidad de Corrymeela, Irlanda del Norte.
Corrymeela es un centro de consolidación de la paz y reconciliación, donde la mayor parte del trabajo voluntario se centra en la hospitalidad. Durante mi tiempo aquí, me he familiarizado mucho más con el lavavajillas y los trapeadores que con el diálogo y la mediación para la paz. A menudo, esto me genera gran frustración, la sensación de que debería o podría estar haciendo más. Sigo sintiéndome así. Sin embargo, estos no son los sentimientos de quien desea experimentar un servicio transformador. Son los sentimientos del servidor común, que antepone sus propios deseos al trabajo que debe realizarse.
Este es también el tipo de servidumbre que practicamos en nuestra vida privada. A menudo nos preguntamos: ¿Qué puedo hacer? Podríamos donar a una organización benéfica, firmar una petición o incluso dedicar parte de nuestro tiempo a un banco de alimentos. Estas son buenas acciones, realizadas por buenas personas. Pero yo diría que nos estamos haciendo las preguntas equivocadas. Lo que más me ha llevado este año en BVS es la pregunta: ¿Quién puedo ser?
Para un servicio transformador, no se puede fichar la entrada ni la salida. He aprendido que el servicio debe ser encarnado, no representado, y que cada día uno debe preguntarse: ¿Cómo puedo ser útil? Este es el mayor regalo que me ha dado mi tiempo en BVS, y uno que espero llevar también al futuro.
